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OPINION: LA RUINA DE GRANADA LLEGA EN METRO.

Cada vez que oigo hablar del metro de Granada me acuerdo de esa canción infantil que cantaban mis hijos que decía: “El tren de Holanda, que pita más que anda…”

Y es que se habla mucho de él, pero no llega. Esperar sí se le espera, aunque sea para que deje de arruinar a comerciantes de nuestra capital y aledaños. Porque al paso que vamos, con el caos circulatorio y calles cortadas por las obras, no sé si quedarán muchos de los comercios tradicionales que hay por las zonas en que transita, especialmente, los del Camino de Ronda.

El dichoso metro, aunque más propio sería llamarle tranvía, por los pocos tramos que lleva soterrado, y que dudo que ni siquiera reduzca la densidad del tráfico de nuestra ciudad, nos plantea una nueva duda: su viabilidad.

El de Vélez-Málaga, después del de Jaén, es el siguiente que se cae por inviabilidad económica dado el déficit que arrastra por sus crecientes costes de explotación y mantenimiento.

¿Y quién tiene la culpa?, porque todo proyecto tendría que estar respaldado por un riguroso plan de viabilidad, en el que además de estudiar si en un tiempo razonables se autofinanciará, se tendrían que incluir entre sus costes (a modo de indemnización) los daños ocasionados a los comercios por pérdida de ventas y, por ende, por la pérdida de puestos de trabajo que ocasionarán las obras.

Y en esto no hay color político, pues lo importante era trincar dinero para gastar en todo tipo de infraestructuras sin pensar de dónde se saldrá el dinero para mantenerlas; así tenemos nuestros pueblos plagados de pabellones deportivos, piscinas municipales, etc. cerrados o asfixiando las arcas municipales (y sus vecinos con impuestos) para poder mantenerlos.

O por no hablar del PLAN E, con el que se han remodelado integralmente calles que no necesitaban más que un pequeño mantenimiento, como es el caso del Paseo de la Bomba; porque mucho criticar ahora el PP de Granada el derroche económico del PSOE, mientras no tenían ningún problema en coger un dinero para despilfarrarlo y colaborar en el endeudamiento de nuestra ciudad.

Y, para terminar, decirles a nuestros políticos que dejen de tomarnos el pelo con lo de que “en época de crisis no nos podemos permitir ciertas cosas”; porque yo les planteo otra pregunta: ¿y por qué sí en épocas de bonanza? Pues si una obra es innecesaria (pues no está destinada a cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos) o es inviable a corto o largo plazo, si les sobra el dinero, un dinero que no es suyo, sino nuestro, podrían bajarnos los impuestos.

Si ese dinero se hubiera invertido en crear empleo estable, abaratando los costes de contratación, o permitiendo que fluyera el crédito a la pequeña y mediana empresa, probablemente ahora no estaríamos hablando de tanto endeudamiento y de casi seis millones de parados.

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